En Candlelight en Valencia, la sala se llena de luz y de una atmósfera íntima que te abraza. Pero, ¿cuántas velas hacen falta para que todo se vea así? 5.000, 15.000 o 30.000 velas; siempre miles, dependiendo del tamaño del espacio. No es una cifra fija, sino una referencia de escala, y se nota en cuanto entras: la luz no viene de un solo punto, llena toda la sala y rodea el escenario y los laterales.
Lo que parece sencillo lleva tiempo y trabajo. Antes de que empiece la música, hay un proceso que no se ve: un equipo llega horas antes, recorre la sala y coloca las velas para marcar pasillos, zonas de acceso y el entorno del escenario. Y ahora… toca ver cómo se hace.
Porque ese mar de velas no surge de la nada: cada concierto decide su disposición en función del aforo, de la tarima y de los pasillos, y la escala marca el ritmo del montaje. El resultado es limpio; el proceso, meticuloso.
Aquí empieza Candlelight (aunque no lo veas)
Primero, el desempaquetado: se abren las cajas, salen velas por docenas y se van colocando sobre mesas auxiliares y en el suelo. Después, la colocación: filas a lo largo de los pasillos, velas rodeando a los músicos y puntos en esquinas y bordes para dar profundidad sin tapar accesos. Por último, el encendido: una a una, fila a fila, hasta que la sala queda iluminada con un tono cálido y uniforme.
En el Ateneo Mercantil de Valencia, la luz cálida cambia por completo el ambiente y hace que el espacio se sienta distinto, como si fuera otro. Para hacerte una idea: si alinearas 15.000 velas una tras otra, cruzarían de punta a punta la Plaza del Ayuntamiento unas cinco veces.
Cuando termina el concierto, empieza el desmontaje: se apagan las velas, se recogen con cuidado, se guardan en sus cajas y la sala vuelve a la normalidad. En la siguiente ocasión, todo se repite desde cero: desempaquetar, colocar y encender.
Ahora ya sabes lo que hay detrás de Candlelight en Valencia, así que la próxima vez que entres puede que lo mires distinto: como algo que empieza mucho antes de que suene la música.
